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"Caja de libros"

Me había puesto a hacer cerámica.
Como siempre, Julio me ofreció todo lo que tenía en sus talleres. No había reglas ni permisos: estaba todo ahí, a disposición

Lo primero que hice fue una serie de jarras de cerveza. En los diseños dibujé algunos bocetos inspirados en él. Cuando se los mostré, los miraron con atención y enseguida marco lo que faltaba: líneas, algunas curvas, tensiones que no estaban bien resueltas. Señalaba y decía poco, como hacía siempre.

—Bueno, Julio —le dije—, ¿de dónde quieres que los copie?
Lo miré con esa mezcla de ironía y pedido velado, intentando despertarle algo de pena. Pero él se encogió de hombros, dio media vuelta y se fue. Me quedé incómodo, pensando que quizás había interpretado mal mi pedido, o que lo había tomado a mal.

Pasaron un par de horas. Yo seguía trabajando cuando volvía al taller con una carpeta en la mano.
—Tomá —me dijo—. Son bocetos hechos por mí. Son fotocopias, porque ni yo tengo los originales; los busqué el otro día.

Me los dio con una condición:
—La primera jarra que hagas es para mí.

—Pero Julio —le dije—, ¿puedo usar estos bocetos?
—Sí, te los regalo —me respondió—. Después de todo, no los deformarás tanto.

Lo dijo con ese humor seco, sin pudor, que parecía duro pero que, si uno lo conocía, era una forma muy clara de afecto. Ese fue otro día feliz para mí.

Desde entonces empecé a aplicar esos bocetos a lo que, en ese momento, apenas era una idea: las  Book Box  . No eran todavía un producto, sino un experimento. El proceso llevó al menos tres años de ajustes: pruebas de materiales, resistencia, terminaciones y, sobre todo, trabajo fino sobre los diseños para que funcionaran en el objeto sin perder el espíritu del dibujo original.

Las Book Box se construyen de manera   100% artesanal   , 100% papel del mismo libro.
Se realiza a partir de  libros reutilizados  , transformados en cajas utilitarias. La estructura se refuerza manualmente y se trabaja con  pegamentos al agua  ,  selladores protectores  y   capas de protección contra la humedad y el uso cotidiano  .
Los diseños se aplican y se terminan a mano, respetando el trazo original, pero adaptándolo al objeto, al volumen y al paso del tiempo.

Nada es industrial ni automático. Cada pieza tiene pequeñas variaciones que la vuelven única. La fabricación está pensada para que duren muchos años, tanto en lo estructural como en lo visual, sin renunciar al carácter artesanal.

Así, lo que empezó como una charla en un taller, unas jarras de cerveza y una carpeta de bocetos, terminó convirtiéndose en un objeto que une uso cotidiano, oficio y obra artística. Las Book Box no son solo cajas: son el resultado de un proceso largo, de confianza, de aprendizaje compartido y de respeto por una obra que sigue circulando de nuevas formas.

Casi la misma historia se pude aplicar a las acuarelas y al resto de las artesanías de Atelier Mòvil.

Hacía mucho frío en la provincia de Buenos Aires esos días. De ese frío que se siente en la cara y te obliga a caminar rápido aunque no tengas apuro. No teníamos un plan: pero estábamos en la Estación Avellaneda. Me quedé parado al lado de una columna, frené, y le dije a mi hijo que ahí mismo, justo donde estábamos, habían matado a un militante social. Se lo dije

Ocos esos días libres del trabajo, y decidimos salir un rato con mi hijo, que en ese momento tenía diez años. La idea era simple: pasear un poco, despejarnos, aprovechar que por una vez no estaba corriendo con horarios.

Mi hijo ya conocía mi forma de “pasear”. Él sabía que mis salidas casi siempre terminaban incluyendo, en algún momento, una parada vinculada a algo deportivo o algo político. A veces era una visita corta, con suerte; otras veces se hacía más largo. No lo hacía para convertir todo en una lección, pero me sale así: me interesa, me atraviesa, y cuando estoy caminando la ciudad voy conectando lugares con historias. Y él, siendo parte de una familia bastante discutidora de cualquier tema que apareciera, estaba acostumbrado a escuchar conversaciones sobre política, sobre injusticias, sobre cosas que pasan y que a veces uno preferiría no tener que explicar.

Ese día, igual, no hubo cancha, no hubo evento deportivo ni acto político. Por el contrario, terminamos en un lugar que no estaba en ningún

Claro, sin vueltas: que lo habían matado por luchar por sus vecinos, por un disparo de la policía.

Él no se sorprendió tanto, porque sabía de qué hablaba. Lo había visto en la televisión y en casa se había hablado del tema. No era una historia nueva para él. Le dije los nombres: Maximiliano y Darío. No lo dije para dramatizar, sino porque los nombres importan y porque también es una forma de ubicar el hecho en algo real, concreto, que pasó y que dejó marca.

Mi hijo escuchó, asintiendo con la cabeza, miró alrededor como tratando de entender el lugar, y después me dijo algo muy simple: “Quiero volver a casa en tren”. Así, sin discusión, sin vueltas. Como una decisión. Yo le contesté “Hecho” y nos fuimos.

Tomamos el tren y, en el camino, decidimos bajarnos en Quilmes. Era un plan tranquilo: caminar un poco, hacer algo de tiempo. Y ahí, mientras íbamos por la calle, nos encontramos con una kermés chica, de barrio, del Movimiento Evita. No era un evento enorme ni nada por el estilo: había puestos, gente vendiendo productos, mesas con cosas, y el ambiente típico de cuando la gente organiza algo para juntar fondos.

El objetivo estaba claro: lo recaudado iba para las ollas populares. Eso lo dijeron directamente. Había gente trabajando, acomodando, ofreciendo cosas, explicando. Era una actividad solidaria bien concreta, sin demasiado show.

Mi hijo lo vio y dijo bajito, casi como un susurro: “tienen aceitunas”…”.A él le encantan las aceitunas, así que compramos un poco para colaborar y también porque a él le gusta mucho.

Yo, además, venía con una carpeta del trabajo. Una carpeta cualquiera, de las que uno lleva con papeles, cosas laborales, trámites, nada especial. La tenía en la mano porque venía de dejar cosas en el trabajo a la pasadita nomas. Fuimos pasando por varios puestos y en uno de ellos alguien me regaló una pegatina. Fue un gesto simple, de esos que a veces aparecen en actividades así. No lo pensé mucho: lo agarré y lo pegué ahí mismo en la carpeta, porque la tenía a mano. En algún momento, mi hijo se indigestó. No pasó a mayores, pero ese detalle quedó asociado al día, como quedan los detalles de la vida real: no todo sale perfecto, no todo es “postal”

Con el tiempo, esa carpeta me siguió. Pasaron años. Siete años, de hecho. Y la pegatina quedó ahí, pegada, resistiendo el uso y el paso del tiempo. Cada vez que la veía, me acordaba de ese día: del frío, de Avellaneda, de la conversación con mi hijo, de su reacción pidiendo volver en tren, de Quilmes, de la kermés del Movimiento Evita, de la compra para colaborar con las ollas populares, y del sticker pegado en una carpeta que, en ese momento, para mí era solamente “la carpeta del trabajo”

Hasta que un día esa carpeta dejó de ser carpeta y se convirtió en esta Book Box. 

Còmo todas las BOOK BOX siguen haciendo historia.

Ese día la feria de La Teja era rara. No vacía, pero sí como en “modo fin de mes”: poca gente, pocas bolsas, pocas ganas. El sol estaba impecable, pero el aire venía con ese silencio que tienen los lugares cuando están funcionando por inercia. Los puestos estaban ahí, firmes, como cuidando territorio. Verduras y frutas zafaban un poco; el resto… era más presencia que venta

Yo lo noté enseñada porque la feria la conozco desde adentro. Hola feria. Y capaz que algún día vuelvo. Por eso cuando camino entre los toldos no estoy paseando: estoy leyendo el ambiente.

Y claro, como siempre, yo iba a lo mío: libros viejos. Libros de esos que ya no sirven para ser leídos, pero sirven para otra cosa. Libros cansados, con tapas vencidas, páginas manchadas, letras que se borraron como si hubieran decidido irse. Los busco así, justamente así, porque son los que después se transforman.

Ese día, además, apareció Estefany. Fue una de esas casualidades que después dejan de ser casualidad. Hablamos dos minutos y ya nos entendimos: yo no buscaba cualquier libro, buscaba libros con ciertas características. Los que no son fáciles de encontrar. Desde ese día, Estefany quedó en mi mapa. 

Yo seguí caminando y de golpe, a mi derecha, sonó un redoblante.

No fue un ruido cualquiera. Fue ese sonido que te obliga a mirar, porque no es de feria, es de otra cosa. Y después vinieron los cantos. Inconfundible: una murga ensayando. El tema es que no estaba en la calle; venía de un lugar cerrado. Como si la murga estuviera detrás de una pared, ensayando para otro mundo, ya nosotros nos llegara apenas el rebote.

Me quedé quieto, tratando de ubicar de dónde salía, y ahí lo vi: un barcito con cafetería, pegado a la feria como si fuera parte del decorado. No lo amigo. Apoyé el bolso con los libros, me senté y pedí un café.

El sonido siguió, pero ahora más apagado, como si la murga cantara desde abajo del agua. Y la feria… la feria se movía lento. Cansino. Fin de mes total. Gente que mira, que calcula, que sigue de largo. Puesteros cuidando el lugar, esperando el próximo fin de semana como quien espera un cambio de estación.

Yo miré el bolso.

Porque cuando uno junta libros ilegibles, en teoría junta “cosas”. Papel, peso, polvo, tapas. Pero en ese momento, con el café caliente y esa murga filtrándose desde un lugar donde yo no podía entrar, me vino una sensación: como si esos libros no estuvieran quietos. Como si dentro del bolso hubiera un movimiento mínimo, una especie de acomodarse solos.

No lo digo como metáfora linda, lo digo como impresión real. Como cuando sentís que alguien te mira y te das vuelta.

Abrí el bolso apenas, lo justo para espiar. Y vi los lomos: uno de matemáticas, uno que era novela, otro sobre la teoría de la relatividad, uno de poemas de una autora checa. Cero coherencia. Una mezcla absurda. Un montón de historias que no tenían nada que ver entre sí… y sin embargo, ahí estaban, juntas, como si se hubieran elegido.

En ese punto me agarró esa idea que a veces aparece cuando estás en silencio: ¿y si los libros también tienen recorrido? No el recorrido obvio, el de “fue de alguien y ahora está acá”. Otro recorrido. Uno más raro. Como si pasaran por manos distintas buscando su segunda vida.

Que en lugar de terminar olvidados, se estaban yendo conmigo para convertirse en otra cosa.

La murga pegó un redoble más fuerte, como si marcara un comienzo. Y yo, sin pensarlo demasiado, empecé a ver las cajas antes de hacerlas. Vi acuarelas. Vi colores. Vi tapas convertidas en puertas. Vi interiores con doble fondo para guardar cosas pequeñas, secretos, cartas, recuerdos. Vi una Book Box naciendo de un libro que ya nadie iba a leer.

No era magia con luces. Era una magia ciudadana: la de agarrar algo gastado y hacerlo útil y lindo otra vez. La de reciclar sin discurso, con las manos. La de no tirar una historia aunque esté rota, sino cambiarle el formato.

Terminé el café. Afuera, la feria seguía en su ritmo lento. La murga seguía cantando desde el lugar cerrado, como una radio que no podía sintonizar del todo. Yo cerré el bolso y sentí el peso distinto: no era peso de papel, era peso de posibilidades.

Me levanté, acomodé la correa y volví a caminar.