Skip to main content

Bajo el sol de enero:la piscina y el mural

“Bueno… ¿vas a poder o no?”


La frase me cayó como un baldazo, seca, sin saludo anterior, como si Julio hubiera estado ahí todo el tiempo y recién ahora decidiera hacerse visible. Yo estaba sentado en ese sector del parque, arriba del Cerro, con el mate en la mano, mirando el mar como quien se convence de que el mundo se toma un recreo si uno lo mira fijo. El sol de enero pegaba inclemente sobre la playita y el pasto ralo, y yo —ingenuo— creyendo que la calma era un derecho adquirido.

—Si voy a poder qué, Julio? —le repregunté, haciéndome el distraído, aunque ya sabía que con Julio nunca era “una cosa nomás”.

Julio señaló con la cabeza, como si apuntara a un punto del horizonte que solo él veía.

—Ayudarme con la piscina.

“La piscina”, dijo, como si fuera un objeto simple, una cosa rectangular con agua y listo. Pero Julio no decía “piscina” cuando hablaba de piscina. Julio decía “piscina” cuando hablaba de un regalo, de una escena completa: plantas acuáticas flotando como pequeñas islas verdes, césped alrededor, y atrás, imponente, un mural de baldosas de cerámica que se comía la vista. No era una obra: era un mundo armado para su hija. Y lo más Julio del asunto era que la hija había participado, tirando ideas.

—Mirá —me dijo—, ya ​​está la pared con el mural terminado. Eso lo hice con mi asistente de baldosas. Y también está el contrapiso de lo que va a ser la piscina. Ahora quiero levantar pared a los costados, recubrir todo de cerámica negra… y bueno, lo demás.

“Lo demás” era, como siempre, el detalle infinito. Estuvimos retocando recovecos, líneas y detalles entre las baldosas de cerámica y en la cerámica misma, durante casi un mes.

Yo respiro hondo. Con Julio, uno podía intentar negociar, pero era como discutirle al viento: te contesta con un silbido y sigue.

—Para empezar, Julio —le dije, señalando el terreno—, ese contrapiso está más desnivelado que las rocas de la playa.

Julio miró el piso como si lo viera por primera vez. Se rascó la nuca, hizo una mueca y soltó esa risa corta, sintética, que era su forma de pedir disculpas sin perder el personaje.

—Sí, es verdad… —dijo—. Y te digo más: saqué la conclusión de que nunca más hago el asado y abro las cervezas antes del trabajo.

Yo me reí. Lo decía con un humor tan ilustrativo que uno podía ver la escena. Cuando empezamos, confirmé lo que ya sospechaba: aquello era un caos. Un montón totalmente desordenado. Bolsas de mezcla, baldes, herramientas, baldosas apiladas como si fueran libros viejos en una biblioteca sin catalogar. Lo único ordenado era Julio: parado ahí, con el sol partiéndole el lomo, mirando el desastre como quien mira una tormenta propia.

—Nunca vi algo tan desordenado —le dije, exagerando un poco para que se riera.

—Bueno… eso es lo que hay —respondió, y con eso clausuró cualquier drama. Julio no tenía paciencia para la tragedia chica: se la saltaba y se iba directo a la solución.

Trabajar ahí era una pelea lenta contra el sol. Enero no te da tregua: te va tostando por etapas, como si quisiera ver cuánto aguantás sin quejarte. Yo estaba metido en la mezcla, en el nivel, en el “un poco más acá”, en el “pará, pará, dejame mirar”. Y Julio, desde el primer piso, hacía de vigía.

Lo veía asomarse arriba, sombra recortada contra el cielo.

Y entonces lo veías rápido bajar, como si lo hubiera picado una idea.


—Te parece que pongamos eso unos centímetros más allá?—me decía, y me corregía dos milímetros con la seguridad de un cirujano.

Acto seguido, venía su otro gesto: el cuidado disfrazado de gruñido.

—Julio, vaya para adentro que el sol está jodido —le decía yo.

—Cuando seas viejo podés hacer lo que vos quieras. Yo hago lo que quiero —contestaba.

—Bueno, no se caliente —cerraba yo, y ahí nos reíamos los dos, porque era nuestra manera de querernos sin ponernos sentimentales.

Un día, en plena faena, mientras yo peleaba con un desnivel que parecía tener ideología propia, Julio se quedó mirando el mural. Lo miraba como quien escucha un ruido lejano, como si el mural le hablara en un idioma privado.

—Sabes por qué me obsesiona que quede bien? —me dijo sin mirarme.

—Porque si no, bajás del primer piso a retarme —le respondí.

Julio soltó esa risa seca.

—No… por ella. Esto es para ella.

Ahí entendí: la piscina no era un capricho estético. 

Pasaron los días, y con los días, algo raro: hablamos más de lo común. En general, Julio era de decir lo justo y necesario. Pero el trabajo duro abre grietas en el carácter, y por esas grietas se cuela la charla.

Hablamos de política, cosa rarísima entre nosotros. Yo lo escuchaba y me sorprendía, porque Julio tenía esa pinta de hombre que vota con el gesto, no con la papeleta. Hasta que un mediodía, con el sol en la nuca y la mezcla secándose demasiado rápido, largó:

—Vos sabés que yo nunca voté.

Yo me quedé quieto, como si hubiera escuchado una blasfemia al revés.

—¿Nunca? —pregunté.

—Nunca —confirmó, y después agregó, como quien decidió algo en voz alta—. Pero en esto voy a hacerlo. Por ustedes. Por todos

Era 2019 y el aire ya venía cargado. Julio lo olía, como olía la lluvia en el revoque.

—La derecha viene al galope —me dijo una tarde, mientras mirábamos cómo la luz se iba ablandando.

No le erró.

A veces, mientras yo alisaba, él hablaba del “apriete” como si fuera un modo de vida, no solo político: esa lógica de “te afloja” y “te aprieto” que te domestica, te cansa, te hace dudar. Y en el medio, el arte. El mural atrás, mirándonos, como recordatorio de que hay cosas que no se negocian

—Viste que hay gente a la que le jode cualquier símbolo —dijo—. Un sol, una paloma, una calle pobre… cualquier cosa les parece mensaje.

—Y sí —le respondió—. Hay quienes ven un círculo y ya lo quieren censurar.

Julio me miró con una sonrisa chiquita. No dijo nada, pero esa sonrisa era su “exacto”.

El mes y medio pasó como pasan las obras: entre el “ya falta poco” y el “no terminamos nunca”. Al final, logramos dominar el desnivel, levantar lo que había que levantar, dejar el escenario armado. Pero la segunda etapa —las flores, el agua, la vida flotando— quedó suspendida. Como tantas obras en marcha que Julio siempre tenía, esperando una pausa para reanudar con fuerzas, pero esta vez eso no seria posible...

Y después, como si el mundo tuviera un humor cruel, Julio se fue a otro plano. Yo prefiero imaginar que se fue a dirigir sus creaciones desde un lugar donde el sol no castiga y donde los contrapisos nacen nivelados por decreto.

A veces vuelvo mentalmente a ese parque, al mate, al mar allá abajo. Me lo imagino apareciendo de la nada, otra vez, con esa frase que era orden y cariño al mismo tiempo.

“Bueno… ¿vas a poder o no?”

Y yo, como siempre, respondiéndole lo único que de verdad importaba:

—Dale, Julio. ¿Qué hay que hacer?

Llovía

Era una tarde gris. Llovía.
Yo estaba en casa cuando sonó el celular. Era Julio   :

—¿En qué andás? —pregunté.

Conociendo a Julio, supe de inmediato que algo lo había movido a llamar. Sin explicaciones de más, siguiendo ese código implícito que teníamos, le dije que estaba preparando el mate y que, si quería, bajaba para su casa.

—Ah, dale —respondió.

Cuando llegué, me gritó desde el piso de arriba que subía. La casa tenía su lógica particular: en planta baja los talleres de cerámica; en el primer piso, la vivienda; y más arriba, el estudio y otros espacios donde Julio se movía como pez en el agua. Ese día estaba en la cocina, cocinando él mismo. Todavía no tenía a nadie que lo ayudara con eso; eso vendría más adelante.

—Nada… si quieres trabajar en los talleres o en lo que estamos haciendo, y necesitas algo, avisame —me dijo, casi al pasar.

No habíamos quedado en trabajar ese día. Por eso entendí enseguida lo que en realidad estaba sucediendo: me estaba pidiendo que me quedara. Su compañera andaba con algunos problemas de salud y, a veces, necesitaba una ayuda discreta, sin preguntas ni dramatismo.

Todo con Julio funcionaba así: se armaba y se ejecutaba con pocas palabras y mucha confianza.

Ese día, como tantas otras veces, me dediqué a recorrer los talleres de cerámica de la planta baja. Pero esta vez fue distinta: decidí hacerlo con el teléfono en la mano. Sin intención documental ni artística, simplemente registrando lo que había. El espacio tal como era. Las mesas, las piezas, el polvo, las huellas del trabajo cotidiano.

Estas imágenes no buscan explicar nada. Son apenas fragmentos de una tarde cualquiera. Un modo de estar. Una forma de acompañar sin decirlo.
Eso también es  Atelier Móvil  : mirar, quedarse, registrar lo que sucede cuando no pasa nada extraordinario.

Nuestro ultimo trabajo juntos

La retirada del Viejo —por razones de salud— de los trabajos más exigentes en cuanto a su realización marcó un cambio silencioso pero profundo en la dinámica de todo lo que lo rodeaba.

En ese tiempo estábamos abocados a la construcción de un mural monumental: siete metros de largo por dos de alto, en cemento, destinado al parque de la fundación. Al mismo tiempo, nos dedicábamos a una tarea casi ritual: ordenar su estudio, ese espacio donde él pintaba y al que muy pocos tenían acceso.

Pinceles, paños, materiales, rastros de años de trabajo. Yo hacía todo ese trabajo como si fuera un regalo caído del espacio exterior, con una devoción casi infantil. Julio, en cambio, lo veía de otra manera.

Cada tanto se acercaba y me decía:
—Dejá eso, muchacho. Vamos abajo, que está lindo.

—Vaya usted —le respondía yo, sin levantar la vista.

Entonces Julio me miró, se encogía de hombros y, con ese gesto suyo que decía “qué más da”, terminaba ayudándome a limpiar. Así era él.

El movimiento del edificio ya no era el mismo.
La falta de su presencia física comenzó a notarse de formas inesperadas: los egos de algunos “apóstoles” comenzaron a devorarse entre sí, poco a poco, mientras nosotros mirábamos con una mezcla de pena y desconcierto. Yo, desde un lugar de irresponsabilidad —y también de falta de conciencia sobre la verdadera magnitud del maestro— aún no comprendía del todo que Julio ya estaba más allá del bien y del mal.

Un día, de repente, me miró y me dijo:
—Vení, acompañame. Vamos al comedor. Tengo preparado algo que estuve acomodando.

Allí me mostró una serie de proyectos truncos, trabajos con años de espera. Eran piezas en madera, ideas que habían quedado suspendidas en el tiempo.
—Hay uno en especial que quiero hacer —me dijo.

Ese proyecto llevaba seis años pendiente.
Nos tomó 5 meses materializarlo.

Una vez meses.
Todos los días.
Todo el día.

Fue un trabajo intenso, silencioso, profundo. No solo se trataba de construir una obra, sino de acompañar un proceso final, de estar presente, de aprender sin que nadie estuviera dando lecciones.

Ese tiempo compartido fue un privilegio que recién con los años terminé de comprender.

Aquí dejo algunas fotos de ese proceso y de esa obra.
Son fragmentos de un último tramo, de una despedida que no sabía que lo era, y de un aprendizaje que todavía hoy sigue ordenándose dentro mío.

1960

Cuénteme algo, Julio —le dije así nomás, de improviso, mientras dábamos vuelta unos chorizos a las brasas, afuera, con el humo pegándonos en la cara y el río ahí nomás, respirando despacio.

Julio hizo una mueca. Esa sonrisa corta, ladeada, como si ya supiera que no le estaba pidiendo cualquier cosa.

— ¿Qué preguntas que te cuente? —me dijo.

Algo —le contesté.

No dijo nada. Se quedó mirando el fuego un segundo más y después, tan rápido como quien disparó una idea          giró la cabeza y dejó la mirada fija en una  pala clavada en el cemento  , al lado de la puerta de entrada a los talleres, con una inscripción en el mismo cemento que decia "1960". Estaba ahí, firme, como si siempre hubiera estado.

—Sabes qué es eso? —pregunté.

Yo miré la pala. Vieja. El mango gastado, la hoja marcada por el óxido y el tiempo. No dije nada.

—Eso —me dijo— es el principio de esta casa .

—Cuando llegué aquí, esto no era una casa. Ni se parecía. Era piedra, desnivel, viento y nada más. Pero yo ya sabía que era acá. No lo pensé mucho. Hay lugares que te esperan, aunque vos no lo sepas todavía.

Me explicó que no empezó a construir, empezó quedándose  . Venía, pasaba el día, a veces la noche. Miraba cómo entraba la luz, cómo el viento del río le empujaba el cuerpo aunque estuviera quieto.

—Antes de levantar una pared tenés que entender el lugar —me dijo—. Si no, lo que hagas no dura.

La pala seguía ahí, clavada, y parecía escuchar.

—Con esa pala empecé a cerrar un poco, a afirmar lo que había. Nada prolijo. Nada definitivo. Paredes que podían moverse, rehacerse. Yo nunca pensé esta casa como algo terminado.

Me contó de los materiales: lo que aparecía . Maderas viejas, piedras rescatadas, restos de demoliciones.

—Las cosas que ya tuvieron otra vida —dijo—. Eso siempre me gustó. Trabajar con lo que ya estuvo en otro lado.

Hablaba despacio, sin énfasis, como si no estuviera contando nada importante, y sin embargo todo lo era .

—Y aunque dormía aquí, desde el principio yo sabía que esto iba a ser un lugar de trabajo. No hay una casa cómoda. Un lugar donde se pudiera ensuciar, golpear, hacer fuerza.

Se quedó callado un momento. El fuego crujió. Afuera, el Cerro seguía siendo el Cerro.

—Después vino el exilio, claro —dijo—. Pero cuando me fui, esta casa ya estaba empezada de verdad. No por las paredes. Por otra cosa.

Volvió a mirar la pala.

—Esa pala quedó clavada porque yo sabía que iba a volver. Algunas cosas uno las deja así, esperando.

No dijo nada más.
Yo tampoco.
Los chorizos ya estaban pronto.




Julio y yo

Los años que la vida me regaló junto al Maestro —el Viejo, Julio— me dejaron marcas imposibles de ignorar. Por fuera era calma pura: un hombre que ahorraba palabras y obligaba a aprender a leer silencios. Con él entendí que una mirada o una frase a medio decir podían pesar más que cualquier discurso. Y con el tiempo fui descubriendo que algunas de mis “creaciones”, casi sin darme cuenta, eran bien vistas por Julio; eso me empujó a tomarlas en serio y a desarrollar ese camino.

Las tardes se repetían —siempre iguales y siempre distintas— a orillas del Río de la Plata, frente a la playita del Cerro. El verano caía pesado, el río marrón brillaba, yo con el mate y Julio con su cerveza, rodeados de murales y de obras en proceso que parecían crecer solas. A veces, en tono de provocación, yo le decía que capaz algún día terminaría divulgando su obra. Él me miraba con respeto, sin apuro, y respondía apenas: “Algunas cosas me gustan de lo que haces… te falta…”, sonriendo. No necesitaba terminar: esa incompletud era su forma de enseñar. Julio no corregía: señalaba. No explicaba: dejaba espacio. Y en ese espacio aprendí que crear también es esperar, escuchar y respetar lo que todavía no está del todo dicho.

Ese aprendizaje fue el que me llevó a tomar sus obras y reinterpretarlas en acuarela: no como obra propia, sino como homenaje, un diálogo cuidadoso con lo ya dicho por el Maestro, sin buscar protagonismo.

Pero esa serenidad que hoy se veía en Julio venía de lejos. En su juventud, en el Cerro, se vinculó con la corriente anarquista y con grupos como la Juventud Libertaria, integrándose a un movimiento donde convivían artistas, obreros y jóvenes idealistas. Aquel Cerro era un crisol comunitario y radical, y esa mezcla de pensamiento libre y sensibilidad estética —aprendida en talleres, esquinas y reuniones— quedó en su obra, aunque luego se expresara de manera más sutil: en los colores, en la fuerza de las formas y en su mirada desde el margen. Así, hablar de Julio es hablar de un hombre que sostuvo, con distintos lenguajes, la libertad, el arte y una mirada crítica sobre el mundo, incluso cuando elegía decir poco.

No hay Julio sin Torres

Julio solía decir que no “llegó” a la pintura: simplemente estaba ahí desde siempre. Me lo contaba en su casa, frente a la playita del Cerro, en esas tardes lentas donde el tiempo parecía acomodarse solo. Mientras comíamos uvas a la sombra del árbol —ese árbol que guarda su propia y fascinante historia, que quedará para más adelante—, Julio regresó una y otra vez a sus comienzos.

A los nueve años pasaba largas horas dibujando. Era un niño más bien solitario, poco afecto a los grupos, que se sentaba en la puerta de su casa y dibujaba lo que veía. Sin buscarlo, el mundo cotidiano se volvió imagen y el dibujo, una forma de permanecer.

Su padre fue quien tomó en serio ese interés temprano y lo envió a estudiar con Manolo Lima. Julio lo recordaba como un hombre formado; con los años entendió que era apenas un muchacho muy joven. Tenía poco más de veinte años y compartía con sus tíos una manera de mirar la vida: ideas anarquistas, noches de liceo nocturno, conversaciones largas. En ese mismo grupo estaba Julio Alpuy, nombres que aparecieron en el relato con la naturalidad de quienes formaron parte de un mismo pulso.

Manolo había pasado por el Taller, quizás por poco tiempo. Julio nunca supo con certeza si seguía vinculado cuando comenzaron las clases. Lo que sí recordaba era el abrupto final: Manolo se fue a Rocha sin avisar y el taller quedó vacío. Así, casi sin transición, se quedó sin maestro.

Fue entonces cuando sus padres pensaron en el Taller Torres. Lo ubicaron y tomaron contacto. Funcionaba en una casa con patios, en Abayubá y Ciganda. Julio evocaba ese lugar con una precisión tranquila: las dos piezas del frente donde se pintaba, alguna habitación más, y al fondo Daniel de los Santos, discípulo y cuidador, habitando el espacio como parte natural del taller. La familia Torres vivía cerca. Todo estaba ligado, como si el trabajo y la vida no necesitaran separarse.

Julio entró a ese mundo sin solemnidad. Como quien aprende un oficio mirando, escuchando y permaneciendo. La pintura no apareció como una decisión, sino como una continuidad. Algo que se hace con las manos, con el tiempo y con respeto. Como esas historias que se cuentan despacio, bajo un árbol, mientras se comparten unas uvas y el mar queda ahí, adelante, acompañando.

El mural de cemento, construido por  Julio Mancebo  tiempo antes, ya estaba ahí. No como fondo ni como escenario, sino como una presencia fija. Fue testigo de muchas horas pasadas en ese parque, con el Río de la Plata siempre de fondo, mientras el trabajo avanzaba por otros lados.

Esa tarde, en particular, fue distinta. No se habló del mural ni de cuestiones técnicas. Julio estaba raro, más silencioso de lo habitual. En algún momento, sin rodeos y sin énfasis, empezó a hablar de su prisión durante la dictadura. No como confesión ni como relato histórico, sino casi como quien enumera hechos que todavía pesan.

El río seguía igual, indiferente. El parque también. El mural, inmóvil, parecía absorber esas palabras sin devolver nada. Julio hablaba poco, media las frases. No buscaba generar impacto. Decía lo justo. Los demás quedaban flotando, incómodos.

No fue una tarde luminosa ni amable. Fue una de esas jornadas en las que el tiempo se vuelve peso y el trabajo, aun cuando continúa, queda en segundo plano. El mural, hecho mucho antes, terminó funcionando como excusa y como límite: algo sólido frente a una conversación que no admitía adornos.

Volver hoy a mirar ese muro es recordar que no todo lo compartido fue liviano. Algunas charlas no se explican ni se cierran. Quedan ahí, como el cemento: firmes, ásperas, sin retórica.

Miércoles

Limpiando moldes

Estábamos en uno de los espacios del taller donde iba el horno de cerámica.

Yo limpiaba moldes de yeso, sacándoles restos secos, sin apuro.

Julio estaba apoyado contra la pared, esperando que abriera la barraca para ir a buscar materiales para una obra que íbamos a empezar más adelante.


En un momento, como quien no quiere la cosa, empezó a hablarme de la cárcel.


Me dijo que estuvo preso muchos años, del 75 al 82.

Que ahí no se podía pintar como afuera, que no había materiales, que todo era limitado.

Entonces dibujaba. Croquis. Muchísimos croquis.

Papeles chicos, líneas rápidas, lo que se podía.


Me contó que a veces pintaba algo arriba, cualquier cosa, para disimular,

y que la pintura verdadera quedaba abajo.

Después, ya en su casa, la recuperaba.

Como si la obra hubiera estado esperando salir.


No hablaba con bronca ni dramatismo.

Lo decía tranquilo, casi técnico, como explicando un procedimiento más del oficio.

Como si la cárcel hubiera sido otro más alto, pero más duro, más cerrado.


Yo seguía limpiando los moldes.

El ruido del yeso raspado llenaba los silencios.

Afuera, el río se sintió aunque no se viera.


Después cortó la charla, miró la hora y dijo que ya debían estar abriendo la barraca.

Nada más.

La obra, la cárcel, el horno, todo quedaba ahí, mezclado en el mismo espacio,

como pasaba casi siempre con Julio.

Nota: las imágenes las obtuve de la página de la Fundación Julio Mancebo